¿ES NECESARIO EL SABER EN LA ERA DE LA WEB?

Un análisis sobre la nueva cara de la inteligencia

¿Sabemos realmente más que nuestros abuelos? ¿Poseemos más información? ¿O sólo accedemos a ella más rápidamente? Si el conocimiento humano se ha lanzado al gran galope, ¿para qué seguirlo? Bienvenida la llegada de la Web Todopoderosa!

Tal y como lo asegura Eric Schmidt, Presidente Ejecutivo del motor de búsqueda de contenido más poderoso del mundo, Google crea “cada 48 horas tanto contenido en línea como el que se creó desde comienzos de la humanidad hasta el 2003”. ¿Una cifra banal? No estoy segura!

Google encabeza el imperio digital de software, dispositivos electrónicos y centros de datos repartidos en todo el globo. Posee derechos absolutos sobre la información que se produce para Google Books, Google News, Google Scholar, Google Play, Google Shoping, Google Maps y la red social Google+, por mencionar sólo algunos de sus productos.

Google además cuenta con todo el contenido que se visualiza en Wikipedia, la enciclopedia libre. La totalidad de las páginas que produce Wikipedia equivalen a 7471 volúmenes de una enciclopedia en papel. Denis Diderot y Jean d’Alembert estarían revolcándose en su tumba si supieran que el trabajo que ellos hicieron en dos decenas, desde 1751 hasta 1775, de coleccionar y reseñar todo el conocimiento humano en los 17 volúmenes de la célebre Enciclopedia, se hace hoy en menos de 48 horas por la multinacional estadounidense más cara en el mundo. Y, ¿Por qué la más valorada? Pues, justamente, porque son ellos los que poseen las fórmulas o logaritmos, como quieran llamarlo, para democratizar los datos, las tecnologías y la información.

Y pensar que mientras yo escribo y corrijo éste artículo ya se habrán subido al menos un millón como éste a la red…

“La diferencia entre el ignorante y el sabio es que el primero no sabe nada; mientras que el segundo sabe que no sabe nada”

EL CONOCIMIENTO HUMANO, LANZADO A GRAN GALOPE, ES IMPOSIBLE DE SEGUIR.

Hace dos mil quinientos años Sócrates dijo: “Solo sé, que no sé nada”. Con ello no se refería a su nivel de ignorancia, sino a la infinidad del saber. La diferencia entre Sócrates y nosotros, es que él vivió en una época en donde el saber se creía finito. Así como en la época de Newton y Darwin, en la cual se pensaba haber conseguido el nivel máximo de conocimiento. Después llego Einstein para poner, gracias a su Teoría de la Relatividad, toda la integridad de nuestra percepción en tela de juicio. Nosotros, en cambio, somos bien conscientes de la inmensidad del conocimiento y de rapidez con que se ramifica la información.

Pero, ¿Qué sabemos del saber? Hoy podemos estar seguros de que mientras más conocemos, menos sabemos. Tomemos el ejemplo de Internet. Muchos conocemos cómo servirnos de ésta potente herramienta, pero pocos sabemos realmente cómo funciona o cómo buscar en ella eficazmente.

Si bien es cierto que la mente humana nunca ha estado tan avanzada en el conocimiento de su funcionamiento y el de su entorno, también es cierto que las ciencias nunca han estado tan contrariadas como ahora. Prueba de ello es que la psico-genealogía ha demostrado recientemente que “los traumas que heredamos de nuestros ancestros provocan modificaciones en nuestro ADN”. Al tiempo que la neurolingüística acuña nuestros progresos cognitivos al aprendizaje de las conductas de nuestro entorno inmediato a través del lenguaje. Una cosa es cierta: Mientras mas avanzamos en conocimiento, más retroceden las fronteras de nuestro saber.

El crecimiento sin límites del conocimiento humano se parece a un caballo desbocado, nadie lleva las riendas y nadie parece conocer el rumbo” (Violaine Gelly)

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Cortesía de Brenda Lucia

ACCEDER AL SABER NO SIGNIFICA POSEERLO

Tres parámetros han cambiado el curso de la historia del conocimiento: la difusión de la información; la educación para todos; y, desde hace treinta años, éste formidable adelanto llamado Internet, que pone el conocimiento a sólo un clic de distancia.

Ahora bien, la pregunta es: ¿Somos usuarios o somos poseedores del saber? El hecho de que, hoy en día no dejamos pasar ninguna interrogante en nuestra mente o especialmente en una conversación con amigos sin precipitarnos a buscar la respuesta en nuestro smartphone, no es señal de que sepamos más, es señal de que somos dependiente de la información que Google nos proporciona.

Aún más. ¿Qué sería de nosotros si, un día, nos viéramos obligados a desconectarnos completamente de la red y no podríamos satisfacer nuestras inquietudes informativas al instante, como bien estamos acostumbrados a hacerlo con Google? Pues ahí podremos constatar ávidamente la diferencia entre acceder al saber y poseerlo!

Personalmente, recuerdo que en una conferencia de principio de carrera en la Universidad de Berna un profesor nos abrumaba con su paradigma del saber infinito y nos alentaba a buscar “rigurosamente” en las bases de datos científicas de “todas las universidad del planeta”. -“Sí, pueden consultar las bibliotecas de Harvard y Oxford!”-. Pero… ¿Cómo? No paraba de preguntarme. -“A través del acceso a Internet que les facilita la UB”-. Voilà la respuesta! Mi recuerdo posterior fue el de interrogarme casi en voz alta: “¿Pero, a qué me va a servir eso? Yo ya tengo el acceso a todos los libros de todas las bibliotecas públicas de Suiza a mi disposición y nunca tendré el tiempo de leerlos ni antes ni después de terminar la carrera. En efecto. Nunca aproveché al cien por cien la prometedora oferta de nuestro profesor de apoderarme de todos los recursos informativos para alcanzar la sabiduría suprema.

Como buena antropóloga, me atrevería a exagerar diciendo que sé “de todo un poco”. La realidad es que sobre culturas y sistemas socio-económicos sé, hoy en día, poco más de lo que sabía antes de entrar a la universidad. ¿Es que, por haber tenido acceso a todas las publicaciones científicas del universo se habrá aumentado mi nivel de saber? No creo! Es verdad que gracias a la universidad mi nivel de erudición se habrá probablemente engrandecido, pero seguramente, no profundizado.

Además me digo: ¿A qué sirve saber si no hay nada que un dispositivo artificialmente inteligente y una memoria externa inagotable no puedan hacer? Es una pregunta legítima pero no ésa la que deberíamos hacernos. La pregunta correcta es: ¿Qué haremos cuándo la inteligencia artificial supere la nuestra?

“Entender la inteligencia artificial es igual de imposible para la mayoría de nosotros como para un chimpancé comprender la naturaleza humana” –Violaine Gelly.

SABER_by_PAULA_CUADROSDE CARA A LA CAJA DE PANDORA

¿Si nosotros no podemos retener todo el conocimiento del mundo, entonces, cómo podremos reproducirlo?

Al menos los sabios, los científicos y los filósofos del siglo XVIII tenían una misión: permitir al género humano pensar por sí mismo, lejos de los dogmas políticos y eclesiásticos de la época.

Hoy, la nueva cara de la inteligencia es anónima y el conocimiento es una caja de Pandora. Va en todas las direcciones y nadie, excepto Google, tiene la supremacía de controlar el acceso al conocimiento, sin hablar del saber. Se acabó de la era de los grandes eruditos, del conocimiento exclusivo.

Sabiendo que nuestra inteligencia, nuestra memoria y nuestro tiempo son limitados, la pregunta que hay que hacerse ya no es: ¿Cómo hacer para remediar nuestra ignorancia?, sino ¿Cómo hacer para absorber eficientemente el conocimiento?

Jerôme Saltet, el autor del libro Aprender a Aprender es consciente de la importancia de la especificidad y la segmentación del saber cuando asegura que:

Vivimos en una época en la que el saber será menos importante que el ‘saber-estar’, el ‘saber-hacer’, el ‘saber-vivir’ ó el ‘saber-aprender’.

Tenemos que admitir que se terminó la época en la que podíamos permitirnos una cultura general promedio, ó contentarnos con un diploma universitario ó alardear incluso del dominio de dos idiomas extranjeros. Hemos llegado al punto, en el que todo esto simplemente ya no es suficientes para estar “al día”.

Es lo mismo con los medios. Ya no es suficiente leer un sólo periódico para absorber una parte de la noticia, sin sospechar, que el periódico de la competencia ya tiene preparado un reportaje exhaustivo sobre la otra cara de la moneda.

Si nuestra intención es mantenernos realmente competitivos ante las exigencias del mercado laboral actual, será mejor despedirnos de estándares tradicionales y embarcarnos en el tal llamado know-how de procesos y mecanismos específicos.

Esto es un hecho. Pero la decisión es nuestra: renunciar o aceptar las nuevas tendencias informativas seleccionando aquello que de verdad queremos aprender.

Éste era uno de los postulados del filósofo Michel Lacroix cuando asegura que “con un simple clic ya tenemos acceso al saber. ¿Pero a cuál saber?:

“Existe un saber de la información y un saber de la razón. El saber de la información, por útil que sea, se contenta con ocupar la mente. El saber de la razón provee herramientas intelectuales. Él no llena la mente, la forma”.

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Cortesía de Paula Cuadros

Para el filósofo una persona cultivada no es aquélla que “sabe de todo”. Es aquélla que, “gracias a la frecuentación de su saber, se eleva por encima de su individualidad y logra un nivel de abstracción en el que puede cuestionar, examinar y juzgar. Su cultura es general, pero no porque es enciclopédica, sino porque está abierta al universo”.

EN QUÉ DIRECCIÓN VA EL SABER

Yo no lo hubiera creído si hace diez años alguien me hubiera dicho que, por el 2025, -es decir, en menos de una década-, la inteligencia artificial ya habría “excedido” la de la mente humana. Hoy lo pongo en duda. Con ello no estamos hablando solamente de la rapidez de cálculo, ni del almacenamiento de datos, ni del mejoramiento de procesos; sino de dispositivos que podrán desarrollar lo que hasta ahora ha sido exclusivamente propio del reino animal, humanos comprendidos: la capacidad de aprender!

Fue hace solo unas semanas cuando leí el titular: “La inteligencia artificial conquista el último tablero de los humanos” (ELPAIS 28/01/2016). Es correcto. El algoritmo AlphaGo ha vencido, ante los ojos de decenas de espectadores, a un jugador profesional del milenario juego estratégico chino, Go.

El autor de la noticia aprovecha la ocasión para rememorar la victoria del chip DeepBlue sobre Garry Kaspárov el 10 de febrero de 1996. Hoy, la sentencia “la máquina vence al hombre” vuelve a resonar en nuestros oídos.

A esto hay que acotar que la nueva victoria del cerebro de silicio tardó veinte años en llegar y acarreó un considerable coste en el presupuesto de los inversores de Google DeepMind.

Por supuesto que éste tipo de enunciados cuestiona la capacidad intelectual de cualquier humano.

Y sí, también es cierto que vencer al tres veces campeón de Europa en un juego que se considera más difícil que Ajedrez, no es tarea fácil. Pero esto hay que ponerlo en perspectiva:

El hecho que una máquina haya abatido a un jugador probablemente perturbado por tal responsabilidad no quiere decir que la tecnología haya “superado” la capacidad de aprendizaje de los humanos. Es mas, es estúpido alegar algo parecido cuando son los humanos los que, crean y reproducen el “know-how” de la inteligencia artificial.

Si bien el periodista de la noticia tiende a destacar la superioridad de los dispositivos cuando dice que “la fuerza bruta de un supercomputador analiza de forma exhaustiva todas las posibilidades”. Mientras el humano “no elige entre todas sus variables, sino que escoge las que parecen más razonables”; Todavía hay autores que prefieren los matices del saber:

El escritor japonés Yasunari Kawabata, Premio Nobel de Literatura, describe a la perfección el malsabor que destila la hiper-tecnificación del juego Go: “Se diría que el Maestro […] se veía importunado por el moderno racionalismo, del cual toda la gracia y la elegancia del Go se habría esfumado como por arte de magia. El camino del Go, la belleza del Japón y del Oriente habrían desaparecido. Todo se habría vuelto ciencia y reglas”.

Ciencia y reglas. Exactamente esto es lo que ha hecho el AlphaGo con el Go: Romper con otro mito, banalizar una institución y vulgarizar el instinto de sus jugadores.

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Cortesía de Brenda Lucía

¿VENCERÁ LA MÁQUINA REALMENTE AL HOMBRE?

Lo más esperanzador para el autor de la noticia es que éstos mini-cerebros no sólo serán capaces de vencer en juegos de tablero; sino que estarán listos para “solucionar problemas” en tan sólo cinco años: Diagnósticos médicos, pronósticos climáticos y modelos económicos podrían dejar de ser, en el futuro, dominios netamente humanos.

Ahora bien, el hecho de que sea un robot el que nos haga un diagnóstico médico no quiere decir que nuestra salud haya mejorado o que habremos tan siquiera aprendido a reconocer lo que necesitamos para mejorar nuestra salud; o que sepamos comer mejor, dormir mejor, vivir mejor…

Los chips pueden ofrecer respuestas a problemas de clima, medicina, economía “que cambien la manera de entender estos problemas, y de resolverlos”, declara la noticia. Lo que el autor de ésta primicia no sabe, es que soluciones alternativas a crisis económicas y urgencias sanitarias están ya archivadas en decenas de universidades y startups que no encuentran ni voz ni financiamiento suficiente para convertirse en realidad.

No es como si esperábamos a los chips, para empezar a “entender” los problemas. Los modelos, fórmulas, algoritmos, pautas,… siempre serán eso: modelos, fórmulas, algoritmos. Patrones que nos muestran el mejor escenario, el cómo debería ser, pero que no es y no corresponde a la realidad.

La naturaleza humana es casi impenetrable/inalterable. ¿O es porque un dispositivo artificialmente inteligente disponga de un nuevo sistema político que los políticos dejarán de ser corruptos? …

Además, hay que decir que todo esto está ocurriendo con tanta rapidez que tan si quiera somos testigos, y estamos lejos de ser partícipes. Apenas ahora nos enteramos que las “redes neuronales” de los “supercomputadores” practican consigo mismo para acoger “sólo las posibilidades ganadoras”. Y un juego así, sinceramente, yo no lo quiero jugar.

El saber de hoy debe estar enraizado en un prolifero nicho de lo artificial, lo digital. Y si a ello aunamos el espléndido mundo del entretenimiento y el ocio, pues aún mejor!

Pero no hay que confundir: El conocimiento no es información. O, mejor dicho, la información no es conocimiento. Y el conocimiento nutre nuestra mente, pero está lejos de formarla.

Autor: ANDREINA MONTES AVELEDO