La Biografía del Hambre

¿Por qué se convirtió Venezuela en un país pobre en alimentos?

En vez de estar disfrutando de la prosperidad que destilan los petrodólares –como lo hacen nuestros colegas qatarí–, Venezuela atraviesa una crisis alimentaria sin precedentes en América Latina. Con reservas de crudo más vastas que las de Arabia Saudita, Venezuela es víctima de la administración más absurda e incongruente de los nuevos Estado-Nación.

Conocida por encabezar los rankings de violencia y asesinatos en el mundo, la imagen de Venezuela se desfigura por una inflación que supera el 1000% (2017). Sin embargo, la escasez y la falta de insumos ha superado incluso las ya devastadoras condiciones que atormentan a una población claramente desconcertada y traumatizada. 

Un cóctel de catastróficas medidas reguladoras y unas arcas vacías son sólo algunas de las causas del desolador paisaje socio-económico que vislumbra una Venezuela que alcanza su máxima expresión de caos, violencia y desidia.

Decir que en Venezuela “la gasolina es más barata que el agua” ya resuena a argumento trillado que sólo sirve para ilustrar y entender por qué la economía de un país que literalmente regala al mundo su recurso más preciado no puede ser sino un desastre.

La causas que empujaron a Venezuela a convertirse en campeón de los estómagos vacíos

El hambre golpeó a Venezuela de manera inesperada. No se anunció ninguna guerra civil, ni sequías, ni inundaciones, pero ya en 2014 la clase baja y media venezolana estaba sintiendo los estragos del hambre. La hambruna en Venezuela es el inevitable fin de una historia de mala gestión que llevó al país a una galopante inflación, a un creciente déficit fiscal y a una inaguantable escasez.

Las raíces de ésta crisis se encuentran en los fallidos esfuerzos de Chávez por reestructurar la economía nacional. Comenzando en 2001, cuando el gobierno nacionalizó las productoras más importantes de crudo, hidrocarburos y alimentos al tiempo en que inversores nacionales y extranjeros re-localizaban fugazmente su capital en países más estables.  

Para tomar control sobre la fuga de capital, el gobierno intervino la moneda fijando un control de cambio en Marzo de 2003. Dado a que el comité de control de cambio (Cadivi) no estaba en capacidad de suministrar la cantidad necesaria de dólares para satisfacer las importaciones, el mercado negro no tardó en brotar, acrecentando exponencialmente el precio del dólar o, en su defecto, del euro.

A pesar de las intervenciones económicas de comienzos de siglo, Venezuela todavía se beneficiaba de su condición de exportador de crudo hasta que, en 2008, el precio del barril cayó dramáticamente de $140 a $40 –menos de la mitad de su valor–, convirtiendo la situación económica en insostenible.

Tomando en cuenta que Venezuela es un país mono-productor, 100% dependiente de su crudo y, por lo tanto, de sus precios, no es de extrañar que después de la espectacular caída del precio del barril Venezuela se haya tenido que despedir de los huevos de oro de su gallina más preciada. Sin haber hecho ningún ademán en buscar otra en reemplazo.

Dado que cada vez eran menos los artículos que se permitían importan a tarifa oficial, los comerciantes dependían directamente del mercado negro, impulsando la inflación de un moderado 13,6% en 2006 a un descontrolado 487,6% en 2016, la tasa más elevada en la historia de América Latina.

Para prevenir a los revendedores de tarifar productos básicos a precios exorbitantes, un control de precios fue introducido en 2006. Sin embargo, en la economía real, ésta medida creó el efecto contrario: la brecha entre el mercando oficial y el negro no hizo sino agrandarse abismalmente, especialmente en lo concerniente a alimentos y medicinas.

Con líneas y líneas de anaqueles vacíos o pobremente abastecidos con los mismos productos importados –y visiblemente inflados–, las colas en los supermercados colapsan cada vez que los productos subsidiados arriban. No obstante, y a pesar de los fracasados esfuerzos del gobiernos en regular precios, un circulo vicioso de lucro masivo se abría paso en Venezuela: mientras que los productos subsidiados se hacían cada vez mas escasos y su adquisición cada vez mas controlada, su reventa a precios desorbitantes nunca fue tan rentable.

Para “asegurarse” de que la gente no revendiera ilegalmente productos subsidiados, el gobierno implementó un nuevo control, ésta vez el de la compra: la obtención de tan sólo una unidad de arroz, pasta, harina, jabón de baño y aceite de cocina sería permitida por persona, una vez al mes. Para evitar abusos, cada uno de éstos productos serán registrados en el supermercado en el que el gobierno asigne su compra a los compradores de acuerdo a su número de identificación ID.

Venezuela es uno de los mejores ejemplos a la hora de ilustrar cómo una burocracia excesiva de híper-regulación de alimentos no puede llevar sino a la hambruna. Instituciones e infraestructuras que inicialmente fueron creadas para promover la igualdad y facilitar la accesibilidad son hoy agentes de control y desigualdad debido a la mala planificación, el sub-financiamiento y, evidentemente, a la corrupción.  

Texto: ANDREINA AVELEDO @AndreinaAveledo